Opinión — 30/09/2012 at 3:22 pm

Sí, somos el futuro de nuestro país

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El autor de esta columna, René Vargas Martínez es el expresidente del Consejo General de Estudiantes de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras (UPRRP). Este escrito surge como respuesta a la columna publicada en El Vocero, “El ¿futuro? de nuestro país” del  director de noticias de Noti-uno, Alex Delgado, en la que expresa su opinión sobre el comportamiento de los estudiantes universitarios durante la graduación de la UPRRP en el mes de junio. Vargas  Martínez envió la columna a El Vocero, pero nunca fue publicada.

“Recuerdo la sangre, los gritos de los padres y las madres mientras observaban cómo sus hijos e hijas eran abusados por la Policía bajo las órdenes y con la complicidad de los mismos funcionarios para los cuales usted ahora exige respeto”.

A Alex Delgado:

Quiero comenzar este escrito agradeciéndole por haber generado un debate público sobre los eventos acaecidos en la graduación del Recinto de Río Piedras de la UPR. El debate abierto y honesto y el intercambio de opiniones informadas son fundamentales para el sostenimiento de cualquier sistema democrático.

El 28 de junio el Recinto de Río Piedras celebró dos ceremonias de graduación. Durante las dos sesiones, los estudiantes y sus padres, ciudadanos todos, decidieron convertir la graduación en un foro de libertad de expresión. De forma espontánea y contundente, miles de ciudadanos decidieron expresarse, abucheando y dándole la espalda a los “líderes académicos” de la universidad. Dichos abucheos fueron tan contundentes, como usted mismo admite, que silenciaron el sistema de sonido y la acústica del Coliseo, acallando los mensajes de los administradores.

Si los motivos que esos estudiantes y sus familiares tuvieron para expresarse ese día son de naturaleza personal, solo podemos teorizar. Sin embargo, es evidente que usted llegó a varias conclusiones sobre dichos motivos. Primero, adjudicó el “ambiente negativo” al contenido del mensaje de graduación, y luego adjudicó los abucheos a una “minoría” que “expresó lo que entiende puede ser su indignación por tal o cual cosa que haya pasado durante sus años universitarios” y a que “el resto quizá pudo ser por sentirse “cool” y afín a los demás, aunque no hayan dado ‘ni un tajo’ cogiendo una pancarta para protestar”.

Luego de leer las justificaciones contenidas en su columna para explicar un acto legítimo de expresión, debo confesarle que no puedo concurrir con un análisis tan superficial, moralista, y alejado de la realidad universitaria, así como de mi entendimiento de cómo, cuándo y dónde deben discurrir los procesos democráticos de libertad de expresión.

Los estudiantes son un cuerpo heterogéneo. No actúan como los partidos políticos. No hay “líderes máximos”. Las decisiones son consensuadas. Los estudiantes no son ovejas siguiendo a su pastor. La manifestación fue un acto espontáneo de miles de estudiantes disgustados con la gestión de los administradores.

Por otro lado debo aclarar que el ambiente “negativo” al cual se refiere trasciende los mensajes que un representante electo por el estudiantado pueda ofrecer. Los estudiantes que ese día se graduaron sobrevivieron cuatro años o más en los que experimentaron una invasión de la plaga del partidismo a la universidad. Han vivido como “sus líderes académicos” son nombrados por su lealtad a una organización política y no por su capacidad o mérito y cómo, por cobardía o, peor aún, por complicidad, han abandonado la defensa del presupuesto de la universidad. Los efectos han sido dramáticos. Programas cancelados, funcionarios competentes destituidos, reducciones en secciones, aumentos en los costos de estudios y estudiantes ensangrentados.

Sí, señor Delgado, porque de la misma forma en la cual usted relata que al escuchar los abucheos recordó la censurable agresión contra la Rectora, yo recordé los cientos de estudiantes que fueron macaneados inmisericordemente en los predios universitarios y frente al Capitolio. Recuerdo el gas pimienta, las cabezas rajadas, la sangre, los gritos de los padres y las madres mientras observaban cómo sus hijos e hijas eran abusados por la Policía bajo las órdenes y con la complicidad de los mismos funcionarios para los cuales usted ahora exige respeto. Ese es uno de los problemas de no poseer una memoria selectiva.

Es importante señalar que frente al descontento generalizado, los supuestos líderes académicos de nuestro recinto se han escondido en sus oficinas. En el caso del Recinto en cuestión, la doctora Guadalupe lleva ya ocho meses sin asistir y presidir las reuniones del Senado Académico, el cuerpo que agrupa a los representantes electos de la comunidad universitaria. Es precisamente esa falta de acceso, esa enajenación y su autoritarismo lo que han llevado a los estudiantes a protestar en su graduación.

Por otro lado, la comparación que usted realizó sobre los universitarios y los patronos privados resulta sumamente preocupante. La Universidad no es una empresa tradicional, es una corporación pública. Los estudiantes no somos empleados que reciben un salario de la Universidad, al contrario, pagamos matrícula e impuestos y financiamos directamente las operaciones universitarias. Los administradores son nuestros empleados y deberían responder al interés público y no a organizaciones políticas.

Por último, termino mi respuesta con una anécdota del día de la graduación. Un administrador se me acercó, justo en el momento en el cual se estaba llevando a cabo la protesta y me preguntó si disfrutaba que miles de estudiantes abuchearan y le dieran la espalda a los administradores. Le contesté que no, que lo ideal sería que los líderes académicos de nuestra universidad merecieran el respeto de los estudiantes y de los profesores, pero que el respeto no está atado a los puestos ni a los salarios. El respeto se gana con las acciones, dando el ejemplo. Ni ellos, ni sus patronos políticos lo han dado. Han intentado destrozar una de las joyas más preciadas de nuestro país, y nosotros, todos, lo hemos vivido, padecido y sufrido; y no lo olvidamos.

Si mi hijo me hubiera preguntado ese día lo que le preguntó a usted el suyo, le hubiera contestado que el respeto se gana, que la democracia no tiene limitaciones de tiempo y espacio, que la DIGNIDAD es más valiosa que el silencio y que si algún día quiere cambiar nuestra deprimente realidad, no puede callar. No debemos aplaudir ideas con las que no estamos de acuerdo, eso solo se hace en regímenes fascistas. En la democracia las diferencias se expresan y si algo no nos gusta, es nuestra responsabilidad hacerlo saber de inmediato. Sólo así seremos parte de la solución en vez de continuar siendo parte del problema. Señor Delgado, siempre habrán excusas para no expresarse, para callar. Los universitarios no callaremos. En efecto, somos el futuro de nuestro país.

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